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CUBA, Politica y Oposición

La pulguita de Birán y El chino Mirabal, el destino de Cuba estaba cantado

La triste historia de Cuba parte de que oficialmente no existe esta asignatura como tal.  Nunca se ha logrado escribir, ya que el Ministerio de la Verdad periódicamente ha de redecorar las escenas del pasado para que “traidores” del presente desaparezcan de raíz.
De esta suerte en Cuba más que historia existen recuerdos individuales, y muchos han sido también adaptados a las circunstancias del que cuenta algo.
Durante pocos años, después del 1959 se mantuvieron los libros de Historia en las escuelas. Estos fueron desaparecidos de pronto y sustituido por una Historia de Cuba del MINFAR [Fuerzas Armadas]. Pero manteniendo el estilo, después de los acontecimientos del General Ochoa, también este libro desaparece. Es cuando se cae en el limbo total de la Historia de Cuba.
La falta de memoria colectiva asentada en la realidad, ha creado muchos problemas a los cubanos más jóvenes, sobre todo cuando viajan a otros países y se encuentran con el extraño fenómeno comparativo, de que donde quiera que llegan allí se cuenta una historia,  las familias y pueblos tienen la suya,  pero ellos, como extraterrestres,  solo pueden hablar del Comandante, del Che y de los 5 Heroes.
Navegando me encuentro con este pedazo de la historia del origen del actual presidente de Cuba, Raul Castro. Nos habla de sus orígenes y las historias familiares que envuelven los primeros años de esta persona. Creo que esto que debe ser hasta medio secreto debería ser sabido por todos los cubanos…
Ramiro Peres para cubaout.

La pulguita de Birán.planetadelibros.com. Los fuertes gritos de aquel niño contrastaban con su figura  menuda, casi raquítica, a diferencia de sus dos hermanos varones, Ramón y Fidel, que pesaron casi seis kilos cada uno al nacer. Era la una de la tarde del 3 de julio de 1931 y el calor era sofocante en la finca Manacas, llamada así por el arroyo del mismo nombre que discurre por el lugar, en las estribaciones de Sierra Cristal, en el municipio de Birán, en Mayarí, provincia de Holguín. El niño, que recibiría el nombre de Raúl Modesto, era hijo de Ángel Castro, el dueño de la propiedad, y de Lina Ruz, empleada de la casa con la que el terrateniente convivía desde que su mujer, María Luisa Argota, con la que tenía dos hijos legítimos, le abandonó, cansada de los amoríos de su esposo. El niño Raúl y sus seis hermanos —Ángela María, Ramón Eusebio, Fidel Alejandro, Juana de la Caridad, Emma Concepción y Agustina del Carmen— fueron bautizados años más tarde con el apellido de su madre, después de realizar laboriosos trámites, porque la Iglesia católica cubana no aceptaba cristianar a los hijos bastardos. El 11 de diciembre de 1943, cuando
Raúl tenía doce años, los hermanos Ruz pudieron ser reconocidos oficialmente por su padre gracias a que la nueva Constitución proclamada en 1940, durante la primera presidencia de Fulgencio Batista, reconoció el divorcio. Don Ángel se separó de María Luisa Argota en 1942, y un año después se casó con Lina Ruz.
Ángel María Bautista Castro Argiz era hijo de Juan Castro Núñez y de Antonia Argiz Fernández, naturales de Láncara, una pequeña aldea de Lugo, en Galicia (España). En 1895, cuando contaba veinte años, fue movilizado y enviado a Cuba, donde los mambises libraban una dura lucha por la independencia contra las tropas coloniales españolas. Castro, pobre y analfabeto, fue en calidad de recluta sustituto, una fórmula que permitía a los hijos de las familias pudientes librarse de ir a la guerra al enviar a otros en su lugar mediante  el pago de una cantidad que oscilaba entre las 1.500 y las 2.000 pesetas,una suma considerable en aquella época y con la que un campesino,si regresaba vivo del frente, podía comprar tierras de labranza.
En Cuba, el joven soldado de la Sexta Compañía de Infantería Isabel II tuvo más problemas con las fiebres tifoideas que con las balas de los guerrilleros del general mambí Máximo Gómez. Los soldados españoles luchaban en dos frentes, y no era menos cruento el combate que libraban en los hospitales de la retaguardia contra las enfermedades tropicales.
La explosión accidental en la bahía de La Habana del acorazado norteamericano Maine, el 15 de febrero de 1898, precipitó el  final de la guerra: Estados Unidos culpó a España de la voladura e  intervino en el conflicto, con lo que el ejército colonial español  tuvo que batirse en retirada, y con él Ángel Castro, que fue repatriado en el buque Ciudad de Cádiz. El 9 de febrero de 1899 Ángel Castro desembarcó en el puerto de La Coruña con un deseo que  había ido madurando durante la travesía: regresar a Cuba.
 Ochún bendice a los yanquis
El 4 de diciembre de 1899, diez meses después de su partida, Ángel Castro regresó a La Habana en el vapor francés Mavane. El país ya no era el mismo. La bandera de Estados Unidos ondeaba en el castillo del Morro, y un gobernador militar, John Rutter Brooke, era la autoridad suprema de la isla. La economía del país estaba seriamente dañada por treinta años de luchas independentistas, y muchas empresas estadounidenses adquirieron a precio de saldo propiedades, tierras de cultivo, ingenios azucareros y minas. La United Fruit Sugar Company, la Dumois-Nipe Company, la  Spanish American Iron Company y la Cuba Railroad Company se hicieron con las tierras aledañas a la Bahía de Nipe, en Holguín, una de las zonas más prósperas de la isla, donde según la tradición apareció flotando sobre una tabla la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, sincretizada con Ochún, dueña de las aguas dulces, de los ríos y de los  manantiales.
Ángel Castro partió a Oriente y trabajó en las minas de níquel de Mayarí, y luego en la construcción del Ferrocarril de la United Fruit hasta el puerto de Antilla, desde donde salían los productos camino de Boston o Nueva York. De la bahía de Nipe partían también los  barcos que llevaban whisky de contrabando a Estados Unidos durante la prohibición. Aquel gallego analfabeto, pero inteligente y tozudo buscaba hacerse un hueco en ese territorio, una especie de farwest caribeño dominado por las humeantes chimeneas de los ingenios azucareros Preston y Boston, de la United Fruit Company. Ángel Castro no había ido a Cuba para trabajar toda su vida como un esclavo, pues para eso se hubiera quedado en Galicia. Conocedor del campo como era, compró bueyes para llevar leña a las calderas de vapor de la frutera estadounidense y organizó
brigadas de trabajo para prestar servicios auxiliares. En la pequeña localidad de Guaro montó también una fonda, a la que dio el nombre de El Progreso, donde recalaban los cortadores de caña que entre ron y ron maldecían su suerte porque sólo encontraban trabajo durante la zafra azucarera. En aquella época los trabajadores del campo sólo trabajaban un promedio de 108 días al año, y en pocos años, con la  mecanización del proceso de producción deazúcar, ese tiempo se redujo casi a la mitad.
En Banes, Castro conoció a Fidel Pino Santos, un cacique local de origen canario, prestamista, consejero municipal y muñidor de votos para el Partido Auténtico, y abogado de la United Fruit, quien jugaría un papel decisivo en su vida. Pino Santos era el espejo en el que Ángel Castro quería verse reflejado, y lo consiguió con su ayuda. Con unos ahorros y un pequeño préstamo de quien se convertiría en su mejor amigo, cómplice y compadre en muchos negocios, Ángel Castro arrendó unas pocas hectáreas a la frutera estadounidense y poco a poco fue comprando una caballería tras otra que dedicó, en principio, al cultivo de la caña de azúcar. En muy pocos años el gallego de Láncara se convirtió en uno de los hacendados más prósperos de la zona, propietario de cerca de 800 hectáreas y otras 10.000 arrendadas. La leyenda dice
que Ángel Castro aprovechaba las noches sin luna para ampliar los límites de su hacienda a costa de la United Fruit y que exprimía sin compasión a los inmigrantes ilegales haitianos que trabajaban como  esclavos por salarios miserables.
El caíd de Birán
En aquella zona imperaba la ley de la frontera, y sólo los más  fuertes sobrevivían imponiéndose a los demás. Serge Raffy presenta a don Ángel como un caíd despiadado ante sus enemigos y
duro en los negocios. Era un paria que se abrió paso en un Nuevo Mundo implacable y violento. «La gente lo calificaba de ladrón  —dice Raffy—, pero bajaba la vista cuando se acercaba. Al cabo de unos pocos años, a fuerza de sudor, lucha, astucia y violencia, pero también de trabajo, el españolito que llegó de Láncara consiguió que le llamasen don Ángel. Altanero y hierático, recorría sus dominios sobre un caballo blanco con la pistola al cinto.»
La historiadora oficial cubana Katiuska Blanco Castiñeira cuenta la historia edulcorada de otro Ángel, un ángel de la guarda sin duda, como salido de las páginas del diario Granma, órgano del Comité Central del Partido Comunista de Cuba que durante años se imprimió en papel obtenido del bagazo de la caña de azúcar. A ese ángel, cuenta la ripiosa Blanco Castiñeira, «podían verlo [los trabajadores] y hablarle sin temores, sin que importara el sudor de la camisa gastada o el fango en las alpargatas. Siempre tenía labor para ellos, accedía a sus peticiones y los amparaba de los excesos violentos de la Guardia Rural o los vaivenes del tiempo de hacer o no los azúcares en las fábricas de la United Fruit Company, el emporio norteamericano dominante en las inmediaciones de la bahía de Nipe, con ciento treinta mil hectáreas de tierra dedicadas a plantaciones cañeras, algunas arrendadas, que limitaban las tierras del activo inmigrante español, de indudables dotes organizativas y suficiente carácter como para asumir la dirección  de una empresa y hacerla prosperar con éxito».
El terrateniente analfabeto se casó con María Luisa Argota Reyes, maestra de Birán, quien le enseñó a leer y a escribir. Con ella tuvo cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron dos: Pedro Emilio y Lidia. Pero Ángel Castro no era hombre de una sola mujer. Como el conquistador español Vasco Porcallo de Figueroa,  fundador de la ciudad de Remedios en 1514 y que recibió el merecido título de «gran fornicador», Ángel Castro supo hacer uso de sus prerrogativas cuasi feudales en lo que al derecho de pernada se refiere.
Hasta que se topó con la horma de su zapato. Se llamaba Lina Ruz González, y era la tercera de los siete hijos de Francisco Ruz Vázquez y Dominga González Ramos, campesinos pobres de Pinar del Río, al otro extremo de la isla, que emigraron en una carreta de bueyes hasta aquel Eldorado oriental para escapar de la miseria. La joven Lina entró a trabajar en la finca cuando apenas tenía catorce años y no tardó en convertirse en la amante del patrón, que rozaba la cincuentena.
Con la pistola al cinto María Luisa Argota no pudo impedir aquella relación, y después de años de fuertes disputas con su marido se marchó con sus dos hijos a Santiago de Cuba después del nacimiento de Fidel, el tercer hijo de su marido con Lina Ruz. La joven amante, de carácter fuerte y decidido y de genio pronto, se instaló entonces en la casa y se convirtió en dueña y señora del lugar. «De aquí para allá, de un lado a otro, de pie o a caballo, con un revólver Colt a la cintura, calzando botas altas bajo los vestidos sueltos, así era Lina», escribe Claudia Furiati, biógrafa oficiosa de Fidel Castro. Katiuska Blanco describe a Lina Ruz de tal modo que casi puede escucharse una música de violines de fondo: «Ella olía a cedro como la madera de los armarios, los baúles y las cajas de tabaco, con el aroma discreto de las intimidades que, en su tibia y sobria soledad, recuerda los troncos con las raíces en la tierra y las ramas desplegadas al aire. Su olor perturbó los sentidos de don Ángel […] para llevársela desplegó todas sus ternuras […] la acarició con una suavidad inimaginable en aquellas manos ásperas y la condujo por entre el gorjeo susurrante de los tomeguines y de los zorzales que tejían el nido en los vericuetos y entrepaños de la escalera hacia el altillo, donde se amaron por primera vez, una noche de luna creciente, en el silencio de la casa de madera de pino». Y fueron felices y comieron perdices», habría que añadir a ese cuento de hadas. Otros testimonios, como el de una persona tan próxima a la familia como Fidel Pino Santos, recogido por Brian Latell, describen a Lina Ruz como «persona vulgar» que «trabajaba muy duro». «Soltaba palabrotas como un machetero —dice Latell—, no tenía educación y era casi iletrada.»

El chino Mirabal
El 3 de julio de 1931 nació Raúl Modesto, el cuarto hijo de la pareja y tercer varón, cuando María Luisa Argota había abandonado ya la casa de Birán. Esmirriado y de poco peso, aquel niño de ojos achinados no se parecía en nada a sus hermanos Ramón y Fidel, altos, fuertes y robustos. Las malas lenguas pronto dieron en decir que Raúl era fruto de una relación ocasional de Lina con Felipe Mirabal, «el chino» Mirabal, jefe de la Guardia Rural de Birán. Según Serge Raffy, «contaban que Felipe Mirabal abandonó la provincia de Oriente para huir de la cólera de don Ángel, el patriarca. La historia es digna de una novela de Gabriel García Márquez: ¡Felipe Mirabal era además padrino de una hija ilegítima de Fulgencio Batista, llamada Elisa!». Por su parte, Brian Latell señala en su libro sobre los Castro publicado en 2006 que «en estos últimos años, algunos de sus más cercanos colaboradores admiten que los rumores podrían ser ciertos, aun cuando Raúl mismo nunca haya aludido al tema». No existen evidencias sólidas de que Ángel Castro no fuera el padre de Raúl, y así lo señalan la mayoría de los estudiosos de la Revolución cubana. Hay un hecho, sin embargo, que deja abierta la puerta a esa posibilidad: Felipe Mirabal, condenado a muerte después de la Revolución por su pertenencia al SIM, el temido y odiado Servicio de Inteligencia Militar del dictador Fulgencio Batista, se salvó del paredón milagrosamente, al parecer por la intercesión de Raúl Castro.
Norberto Fuentes, autor de una monumental biografía de Fidel Castro, de quien fue uno de sus más cercanos colaboradores hasta su ruptura y posterior exilio en 1989, pone en boca de Fidel
este comentario: «No escapan a mi conocimiento las habladurías de que Raúl no es hijo de mi padre con mi madre sino de Mirabal con ella. Es cierto que el cambio genético entre Ramón y yo —ambos somos corpulentos y de más de seis pies de estatura— con el pequeñajo de Raúl es en exceso acusado. Pero esos saltos en el comportamiento genético ocurren con frecuencia».
En el libro de Fuentes, Fidel Castro asegura que fue él quien salvó la vida a Mirabal, «un celoso perro al servicio de mi padre» y de su hermano Ramón, con quienes había hecho buenos negocios en el pasado.
Sea como fuere, a los seis años de edad Raúl Castro, disfrazado más que vestido con su uniforme de la Escuela Cívico Militar donde pasó algunos meses, viajó a La Habana de la mano de Felipe Mirabal para participar junto a varios centenares de niños de todo el país en los actos de aniversario del primer golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1933. Como todo dictador que se precie, Batista, que nació en Birán y era amigo de la familia Castro, cogió en sus brazos al pequeño soldadito y se hizo una foto con él que al
día siguiente fue reproducida por algunos periódicos. Años después, ese niño y su hermano Fidel se convertirían en una pesadilla para el «paternal» Batista.

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