Por Cuca Segura Feliz

Dos mujeres ocupando posiciones destacadas: una futura reina de España, representando un papel dentro de una monarquía en la que no creía hasta conocer a su príncipe. La otra, presidente argentina reelecta para un segundo mandato representando a un supuesto peronismo que se autoproclama abanderado de los más humildes.
Letizia, poco simpática y fría como un témpano, viste con elegancia ropas de diseñadores nacionales acordes al lugar que ocupa y ateniéndose al protocolo. Elegante y sobria; nunca ha mostrado excesos y cuando el protocolo no lo exige, viste ropa de calle de Mango y de Zara.
Cristina siempre ha mostrado excesos de mal gusto e inadecuación a las circunstancias. Pocas veces viste ropa de diseño nacional y no escatima esfuerzos en sus viajes oficiales para comprar caprichos que llenen su armario con ropa y accesorios que -si se sumaran uno a uno- podrían proveer un plan alimentario para la niñez o para la tercera edad.
El problema no es lo que gasta y cómo lo gasta si no la ostentación obscena que hace de su colección.
Ella quisiera ser reina aunque se dice republicana, ella quisiera ser lo que no es. Todos vicios de nueva rica, porque -como ella lo ha declarado hace muy poco- es hija de un chofer de autobuses. Pero si se trata de ella, lo olvida; solo lo recuerda para despotricar contra trabajadores cuando protestan.
El sillón de una presidencia democrática exige solo austeridad y aseo. No está para lucirse; está para trabajar. Y son horas y horas las que dedica a su cuidado personal, horas en las que descuida sus obligaciones oficiales.
La princesa Letizia acudió a la entrega de los Premios Príncipes de Asturias con un elegante vestido color visón con mangas de gasa de seda natural.

Le reina Cristina acudió a los festejos de su triunfo con un conjunto -negro, eso sí, porque quedaban 4 días de luto- también con bordados y mangas de gasa de sea natural, seguramente traído de su último viaje a París. Un acto popular en la Plaza de Mayo amerita un jean y una camisa sport, como se visten las plebeyas que acuden a ese tipo de eventos.

El mal gusto no solo tiene que ver con los excesos y los no aciertos si no y fundamentalmente con la falta de ubicación, que -tratándose de una presidenta que se llena la boca con la justicia social y la igualdad, les toma el pelo a todos los que la votan y a los que no. Y ello era así antes sin luto y ahora con luto.
Comparen y saquen sus conclusiones.









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