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Intervencionismo del siglo XXI

En Honduras ha tenido lugar una batalla de David contra Goliat para preservar la soberanía, la independencia y la democracia frente a la presión desmedida de la Comunidad Internacional y la injerencia descarada en los asuntos internos de ese pequeño país. La determinación y firmeza de Honduras ha dejado al mundo asombrado.

Por Ramón Villeda Bermudez La Tribuna

Los esfuerzos continuos para construir la democracia, y preservar la soberanía de los estados, realizados por muchas generaciones en más de veinticinco siglos, se derrumbaron en el año 2009. Ya sin disimulo, sin asomo de pudor, con sobrada prepotencia, muchos gobiernos de grandes naciones están dictando pautas de procedimiento a naciones más pequeñas que se rigen por sus propias leyes y constitución. Si no fuese por la determinación de Honduras, aquí lo habrían logrado.

Los gobiernos de Estados Unidos, España, Brasil, Argentina y Chile, a las que se suma el autoritario régimen venezolano y sus imitadores de Ecuador y Bolivia, han saltado la línea de frontera que limita su territorio y jurisdicción, pretendiendo imponernos sus dictados. Les ha importado un bledo el hecho que nuestra nación sea una república libre, soberana e independiente. Nos creyeron timoratos, manipulables y vulnerables por nuestras limitaciones económicas. Muy pocos políticos de esos países conocen la fuerza de nuestras raíces republicanas. 

El respeto, afecto y admiración que tenemos por esas naciones nos orientan a diferenciarlos de las infortunadas decisiones intervencionistas de sus presidentes y ministros de relaciones exteriores, desorientados por displicentes asesores que nunca se tomaron el costo de investigar la verdad y el alcance de nuestras leyes; por añadidura, quizás confiaron en sus embajadores que, por inconfesables razones, informaron incorrectamente a sus cancillerías sobre los orígenes de la crisis y la fundamentación legal de las decisiones tomadas por los poderes legislativo y judicial hondureños.

A esas deficiencias en la información diplomática hay que agregar las motivaciones políticas que está ensayando la rarísima internacional socialista, con muy pocos presidentes vertebrados por la doctrina y una lastimosa mayoría de gobernantes autoritarios de ese grupo, con desajustes emocionales, poseídos por la obsesiva consigna de eternizar sus gobiernos, invocando el socialismo, que no entienden ni practican.

Pocos futurólogos podían prever que las abominables dictaduras latinoamericanas de derecha, de la primera mitad del siglo recién concluido, iban a ser sustituidas por individuos aún más arbitrarios, con una desenfrenada intención de manipular y trastocar las elecciones democráticas, para crear artificios que prostituyen las constituciones y reinventan las dictaduras, esta vez ubicadas a la izquierda, con mayor descaro, para perpetuarse en el poder y establecer vasos comunicantes con sus pares del continente.

Menos previsible aún fue el apoyo inicial del gobierno estadounidense a quienes decidieron utilizar a Honduras como conejillo de laboratorio, para que ningún pueblo pudiese en el futuro alzarse contra los regímenes dependientes del  chavismo. La

Casa Blanca lució petrificada ante la osadía del fementido socialismo venezolano, régimen que ladinamente ha manipulado la Carta Democrática Interamericana y a la OEA. Washington, por acción y por omisión, ha tolerado que se construyan en Latinoamérica las dictaduras con fórmulas democráticas que claman por la libertad (“¡libertad, libertad, cuantos crímenes se cometen en tu nombre!”).

En el laboratorio político del continente, Honduras sufre el intervencionismo del siglo veintiuno; la historia de la humanidad retrocede veinticinco siglos.

Desde Costa Rica todavía nos dan consejos absurdos que no hemos solicitado; no logran entender que los asuntos de Honduras vamos solucionarlos los hondureños, Óscar Arias sigue siendo correa de transmisión con infortunadas recomendaciones; el premio Nóbel aún no capta que estamos decididos a resolver la crisis haciendo prevalecer nuestra soberanía.

Para eso celebramos ejemplares elecciones presidenciales, dentro del marco comicial más limpio de nuestra historia republicana, con una aplastante participación ciudadana, que dio un mandato que debería obligar a pensar mucho a los detractores que quieren condicionar el levantamiento del cerco que nos han impuesto.

Recientemente Washington ha dado débiles signos de rectificación, pero no puede concentrar sus ojos en Honduras, porque está pendiente de enviar de trece mil a treinta mil soldados más a Afganistán, a los que se sumarán las tropas con doscientos veinte soldados adicionales enviados por la España de Zapatero y Moratinos en la ocupación de esa nación.

Pregunta obligada: ¿Por qué los gobiernos de Estados Unidos y España pueden organizar safaris para cazar talibanes en Afganistán, capturar y juzgar a Saddam Hussein en Irak, invadiendo su propio país –y desobedecer a las Naciones Unidas- y hoy sus ministros de relaciones exteriores reaccionan injusta y desproporcionadamente cuando los hondureños aplicamos nuestra jurisprudencia y ejecutamos un mandato constitucional?

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