Los cuatro deportistas cubanos que han solicitado asilo sobreviven como pueden.
Por JUAN DIEGO QUESADA, EL PAIS
Esto que se ve desde la ventana de un sexto piso, rodeado de palmeras y secarrales, es Vecindario, un municipio del sur de la isla de Gran Canaria. Aquí el viento sopla con rabia y la cara de Yeremi Vargas, un niño desaparecido hace dos años, empapela casi todas las calles blancas y todos los edificios bajos y también blancos. Esto no es Los Ángeles, la ciudad salvaje del cine y por la que el cubano Geoffrey Silvestre, pretendido por los Lakers, debería conducir un Hummer. En lugar de eso, Silvestre, sin camiseta, alto, negro, rasca con una cuchara en una olla de arroz y duerme en el suelo de este apartamento de Vecindario. Esto no es L. A.
Es la una de la tarde, miércoles, y en el apartamento hay muchos que se acaban de levantar. En él viven atrincherados desde hace una semana Silvestre y otros tres baloncestistas cubanos que han pedido asilo político en España. Vinieron para jugar un amistoso en Las Palmas contra la selección española y se negaron a volver a la isla el 17 de agosto.
Taylor García, de 27 años, con un gran reloj de oro en la muñeca, está sentado en el sofá y no para de hacerse fotos a sí mismo con el móvil. Ha dejado en La Habana a una hija de un año y una novia, de la que enseña el retrato. Allí ganaba ocho dólares al mes por jugar en el equipo de la capital y estudiaba educación física. No quiere criticar abiertamente al régimen cubano, una dictadura que perdura desde hace 50 años. “Vinimos en busca de una vida mejor y a jugar al baloncesto. No podemos hablar cosas que no debemos. Podría perjudicar a nuestra familia que se quedó allá”.
Allá es Cuba, donde no existe el deporte profesional. Donde la deserción de sus deportistas es común. Se les trata como traidores de la patria. Abandonar “las funciones públicas” encontrándose en el extranjero, según la ley, se castiga con siete años de cárcel. Continuar leyendo en EL PAIS









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