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Desde Cuba OUT

Eva Peron, el mito perdura

«Yo saldré con el pueblo trabajador». Aquí la Noticia.com
En su último discurso marcó el camino, forjó el rol de la mujer en la vida institucional
 del país. Amada u odiada, María Eva Duarte marcó un antes y un después en nuestra
historia. Después de su corta vida la importancia de una mujer en el poder no sería la misma

Estaba frágil, el cáncer avanzaba y la tenía acorralada. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, que no debía exponerse y mucho más conservar las pocas energías para sostener su endeble cuerpo. Pero su furia contra los factores del poder de entonces (terratenientes, militares, el «imperialismo» y hasta sectores de la Iglesia) que buscaban el derrocamiento del Gobierno de su esposo, Juan Domingo Perón, pudo más y salió a instar al pueblo trabajador, sus «descamisados» a no bajar los brazos y luchar por el gobierno peronista de entonces.

    El 1° de mayo de 1952, habló por última vez a una multitud desde los balcones de la Casa de Gobierno. Fue entonces cuando prometió salir a las calles, si es que alguien se atrevía a derrocar al presidente, «para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista».

    Fue, casi, una declaración de guerra. Y también su despedida, su adiós. Si no fue su testamento político, aquel discurso de hace 57 años dejó marcada la impronta de una voluntad de hierro, consumida por el fuego inclemente de la enfermedad, que acaso presentía un futuro de sombras para el gobierno peronista. Aquella voz ronca, grave, quebrada por el ímpetu y el ardor, ya no volvería a escucharse: Eva Perón moriría casi dos meses después.

    Aquel primer día de mayo, su mala salud ya no era un secreto. A las 7.55 de la mañana, cuando llegó al Congreso, donde Perón iba a inaugurar el 86° Período Legislativo, la recibió una ovación que la hizo tambalear de dicha conmovida. Con un nudo en la garganta, Perón le dedicó en una frase, su «cordial gratitud a una mujer de cuya personalidad no sé qué título merece más el agradecimiento del Presidente de la República».

Pero por la tarde, el protocolo quedó atrás. Además de ser el día de apertura del período parlamentario, se celebraba la Fiesta del Trabajo, una tradición ya casi olvidada, que fue un símbolo de los gobiernos peronistas. La Plaza de Mayo estaba colmada por quienes habían empezado a llegar desde la mañana y desde los barrios más lejanos de la ciudad y del Gran Buenos Aires, que por entonces no era tan grande.

    A las 17.46, después de escuchar al secretario general de la CGT, José Espejo, Eva Perón enfrentó los micrófonos emplazados en el balcón de la casa de Gobierno. Vestía una chaqueta gris y una blusa roja. ¿Intuían la multitud y aquella mujer desbordada de pasión que ése era su último encuentro?
El discurso empezó, como siempre, dedicado a «Mis queridos descamisados». También, como siempre, lo centró en la necesidad de defender al gobierno y al presidente «contra los traidores de adentro y de afuera que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón.» Aliada del lenguaje llano y enemiga de las metáforas pomposas, dijo que esos «traidores» no iban a conseguir su propósito «como no ha conseguido jamás la envidia de los sapos acallar el canto de los ruiseñores, ni las víboras detener el vuelo de los cóndores.».

    Después lanzó su legendaria advertencia, dirigida a golpistas en particular y opositores en general: «Yo le pido a Dios que no permita a esos insensatos levantar la mano contra Perón porque ¡guay de ese día! Ese día (…) yo saldré con el pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la patria, para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista.»

    Hervía de furia. Aquéllos no eran buenos tiempos para el peronismo. En setiembre de 1951, un golpe militar había intentado acabar con el gobierno de Perón y, a ser posible, con el mismo Perón. Lo lideró hacia el fracaso y desde Córdoba el general Benjamín Menéndez. Eva Perón les hablaba a las llagas abiertas que había dejado ese motín. Y quién sabe si no lo hacía con la certeza de que esa aventura militar, que no era el principio del fin del gobierno de Perón, bien podía ser el fin del principio.

    En agosto del año anterior, las presiones militares la habían obligado a renunciar a su sueño: ser candidata a vicepresidente. Después, había tenido que apartarse de la escena política acorralada por su mal. Ahora, en cambio, desairaba al cáncer, lo desafiaba, lo provocaba a lo largo de todo un día neblinoso y otoñal, frío y cargado de presagios. Algo quería decir.
«Nosotros no nos vamos a dejar aplastar jamás por la bosta oligárquica y traidora de los «vendepatrias» que han explotado a la clase trabajadora; porque nosotros no nos vamos a dejar explotar jamás por los que, vendidos por cuatro monedas, sirven a sus amos de las metrópolis extranjeras y entregan al pueblo de su patria con la misma tranquilidad con que han vendido el país y sus conciencias.»

    A los oídos tediosos e impersonales del globalizado siglo XXI, donde se firman condenas a muerte con tan buena letra, el lenguaje de hace medio siglo suena como de otro mundo. Lo es. Pero en aquel mundo de entonces se entendía con claridad. La mujer que desde los balcones de la Casa Rosada agitaba sus brazos flacos, casi descubiertos por la blusa roja, lo sabía.

    O al menos lo presentía. Eludió con elegancia hablar de sus males: «Yo, después de un largo tiempo que no tomo contacto con el pueblo como hoy, quiero decir estas cosas a mis descamisados, a los humildes que llevo tan dentro de mi corazón; que en mis horas felices, en las horas de dolor y en las horas inciertas siempre levanté la vista a ellos, porque ellos son puros y por ser puros ven con los ojos del alma (…)»
Se despedía. A su lado, Perón la instaba a redondear. Pero la Primera Dama estaba lanzada a las llamas de su arrebato enfurecido: «Yo quiero hablar hoy, a pesar de que el general me pide que sea breve, porque quiero (…) que sepan los traidores que ya no vendremos aquí a decirle ‘’Presente’’ a Perón como el 28 de setiembre (la fecha del golpe de Menéndez) sino que iremos a hacernos la justicia por nuestras propias manos».

    Improvisó durante catorce minutos. A las seis en punto de la tarde, ovacionada, se metió en la Casa de Gobierno. Reapareció media hora después, para coronar a Elda Alicia Costantini, flamante Reina del Trabajo. Un mes después, el 4 de junio, aparecería en público por última vez para acompañar a Perón en el inicio de su segunda presidencia. La leyenda dice que sólo pudo estar de pie en el descapotable presidencial gracias a un arnés, flameando bajo el peso encarnizado de un tapado de piel que la protegía del hielo destemplado de los últimos días de su vida. Murió el 26 de julio de 1952. Tenía 33 años. ©ALN

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