por Luis V. Márquez. Nueva Prensa Guayana
El drama político venezolano de este tiempo, pudo haberse incubado por disímiles razones, motivaciones varias y hasta por azarosos acontecimientos, que en mayor o menor grado, incidieron en su lamentable concreción. Pero es obvio, que ha tenido en los errores del liderazgo opositor, en su poca idoneidad para caracterizar y manejar la situación a la que nos enfrentamos, y en un fundamental elemento de carácter ideológico, la causas esenciales de su trágica y onerosa permanencia.
No es intención de este comentario analizar en profundidad, las supuestas causales, motivos y hechos que generaron esta crisis política, que está desatando todo un torbellino perverso en los restantes aspectos de la vida nacional. Nuestro modesto equipaje político e intelectual, no da para tanto. Intento sólo, referirme al carácter ideológico que ha prevalecido en algunas individualidades y organizaciones partidistas, que se niegan a aceptar las tercas realidades políticas que informan de un totalitarismo comunista en ciernes, atendiendo al interés subalterno de salvaguardar a la izquierda, pretendiendo con ello sustraerla de su mayúscula responsabilidad en la insurgencia y prórroga de esta tragedia.
Y es que no otra calificación puede señalársele, a la ruta suicida hacia el castro-comunismo cubano, que transita la nación venezolana. La izquierda hipócrita y celestina, ha hecho prevalecer sus intereses estratégicos de carácter internacional, sin parar mientes en el infernal descalabro al que conducen a la sociedad venezolana. Desde el gobierno, el izquierdista Chávez y su patota militar-cívica, ya no se detienen en mascarillas, ni en afeites ni en perfumes, para enseñar su feo rostro dictatorial y exteriorizar sus nauseabundos hedores totalitarios.
Mientras desde la oposición, Teodoro Petkoff –convertido en el máximo gurú de la estrategia opositora- prevalido de la batería de columnistas, políticos, articulistas, periodistas, escritores y hasta humoristas que le acompañan en lo que han dado en llamar la “izquierda buena”, desde su periódico y desde otros medios de comunicación social –aprovechan la debilidad de los partidos políticos y la indigencia intelectual de sus líderes- para imponer su visión dentro de la disidencia, minimizando los peligros de esta tiranía de izquierda, y postulando -aún hoy- por medio de malabarismos y piruetas académicas, que no es una dictadura la que escarnece a Venezuela.
Las dos izquierdas en acción y cumpliendo cada una su rol, de acuerdo a las especificidades de la situación política de cada nación, pero siempre en atención a los intereses estratégicos del pensamiento socialista. Allí está la senadora Piedad Córdova en Colombia, apoyada por los partidos legales de tendencia izquierdista y en comandita con las FARC, desarrollando una estrategia propagandística con la supuesta “liberación de secuestrados”, que en un momento se planificó para lograrle un protagonismo internacional al presidente Chávez; y que en definitiva lo que busca, es mermar y deteriorar la política de Seguridad Democrática, que adelanta con marcado éxito el presidente Uribe.
Y allá está el presidente Lula en Brasil, afirmando que Hugo Chávez es el Presidente más democrático que ha tenido Venezuela, mientras paralelamente asume su papel de líder de la llamada “izquierda buena” y se reúne en Chile -aliado con la Bachelet, la Kirchner y otros izquierdistas- con el vicepresidente norteamericano Joe Biden y con el Primer Ministro Inglés Gordon Brown, para enviarle un mensaje al mundo capitalista de que son gente confiable y respetuosa de la democracia y de la libertad.
Repito, las dos izquierdas cumpliendo cada una por separado su papel en algunas circunstancias que lo ameriten, pero indefectiblemente unidas cuando se trata de proteger intereses estratégicos del socialismo internacional. Bástase con observar lo que ocurrió recientemente en la Cumbre de las Américas realizada en Trinidad y Tobago. Allí las dos izquierdas, entonaron un coro acompasado y ensordecedor para solicitar el cese del embargo norteamericano a Cuba, pero hicieron mutis –como bien lo señaló el senador republicano por Florida, Mel Martínez- para exigirle -aunque fuera tímidamente- alguna apertura democrática a la tiranía de los Castro, o tan sólo un mínimo respeto a los derechos humanos dentro de ese paraíso izquierdista.
Así las cosas, no debe extrañarnos -entonces- la reticencia puesta de manifiesto este domingo pasado en El Universal, por Manuel Caballero, para reconocer definitivamente que el régimen de Chávez es una dictadura; ni tampoco, la “perplejidad” expuesta por Tulio Hernández en El Nacional, ante la casi que resignación de la sociedad venezolana, conllevada a transitar la vía electoralista -y sólo la vía electoralista- para enfrentar la peste militarista e izquierdista que sojuzga a Venezuela, sólo porque esa es la vía que garantiza los intereses a la izquierda internacional.
En el mismo sentido, no pueden parecernos extraños e ingenuos, los manidos chistes malos de uno que otro humorista, que ya no producen “laureamor” sino una soberbia “laurearrechera”, cada vez que los leemos o les oímos, en un enrevesado lenguaje que quiere criticar a Chávez, pero que intenta sustraer a la izquierda de su
responsabilidad en el advenimiento y permanencia de esta tragedia venezolana.
Y no se trata de una sañuda y radical enemiga nuestra, contra la ideología socialista. Tampoco de una deliberada simplificación del drama que nos acogota. Es que ese complejo de superioridad moral que caracteriza a los militantes del izquierdismo, y que los conlleva a justificar todas sus acciones -incluso los crímenes y la corrupción- porque supuestamente están animadas por un ideal justiciero, ha sido la perdición y la ruina de muchos pueblos.
Estos desmedidos vociferantes de la justicia, de la igualdad y la honestidad en tiempos de oposición, no sólo se trastocan cuando asumen el gobierno, sino que pretenden seguir actuando como oposición, pontificando sobre decencia y decoro, al margen de la vastedad y la monumental visibilidad de sus hechos delictivos.









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